ivimos un tiempo en el que,
según datos del censo, más de la mitad de los matrimonios fracasan.
Es común que los niños sean criados por un solo padre y que pocos no
sean afectados por la disolución de un matrimonio. Sin lugar a dudas,
el divorcio se ha convertido en una opción fácil para los
matrimonios atrapados en la desilusión. Difícilmente escuchamos o
leemos buenas noticias sobre el matrimonio en los medios seculares.
Sin embargo, hay buenas
noticias sobre el matrimonio cristiano cuando se le ve claramente
con ojos de fe. Instituido por Cristo, conductor de la gracia de
Dios, el matrimonio cristiano abraza todas las esperanzas de nuestra
fe católica. El matrimonio es una jornada de conversión que da forma
a los desposados y les llama a la comunión entre ellos mismos, con
otros y con Dios. La jornada tiene un carácter de “Misterio Pascual”
que une a la pareja casada con Dios.
Kathleen Hughes, hermana del
Sagrado Corazón, explica:
"¿Cuál es la jornada de
conversión que celebra el matrimonio? ¿A qué faceta del misterio
pascual se unen las parejas que deciden solemnizar su matrimonio por
la Iglesia? ¿Por qué usamos las palabras “conversión” y “misterio
pascual” para una experiencia tan gozosa, tan hermosa y tierna como
lo es el enamorarse y casarse?"
Dicho con simpleza, se usan esos
términos porque amar y morir son sinónimos. Cada amar es un morir,
un morir a su propio tiempo, confort, conveniencia, deseos,
necesidades, preocupaciones, intereses. Cada amar es un morir a su
propio interés y a su propio engrandecimiento en un acto de
generosidad y entrega. Cada amar es un morir al egoísmo, un morir
al “yo”, para que dos “yo” se conviertan en un “nosotros”.
Cada amar implica una aceptación
del otro, una sencillez de corazón, una mutualidad y un dar y
recibir sin tomar ventaja. Y todo ello sucede no sólo cuando uno o
el otro siente el deseo de hacerlo, sino también en lo diario y
ordinario de cada día, y durante los periodos de mayor santidad en
un matrimonio.
Usamos los términos “conversión” y
“misterio pascual” para hablar de la realidad del amor matrimonial y
acerca de la mutua y eterna fidelidad, como testigo del firme amor
de Dios, porque estas realidades necesitan ser dichas a las parejas
de ojos brillantes, atrapadas en la primavera natural de la relación,
en donde la vida abunda y la muerte en sus diferentes aspectos,
parece remota... Una boda no hace un matrimonio. Una boda
simplemente hace posible un matrimonio.
Algunas de las dimensiones del
misterio pascual que son parte de la ceremonia, son expresadas,
explícitamente, tanto en las promesas como en el intercambio de
consensos. Hay tres preguntas que se hacen a una pareja al inicio de
la celebración, preguntas que tienen que ver con la libertad, la
fidelidad y los hijos (RM, 44), y cada una de ellas es, en realidad,
una invitación a una forma de muerte personal en pro de una nueva
vida: “¿Han venido aquí libremente y sin reservas a entregarse
mutuamente en matrimonio?”. La pareja es invitada a declarar, ante
todos los presentes, que han elegido unirse, libremente y sin
reservas. “¿Están ustedes dispuestos a amarse y honrarse mutuamente
por el resto de sus vidas?”. Al jurar fidelidad, la pareja acepta la
muerte que implica el escoger a una persona y la clausura de las
otras opciones. “¿Aceptan ustedes, amorosamente, los niños que Dios
les dé?” Se les pide a las parejas que hagan una promesa pública de
que el mundo que ellos comparten, esté radicalmente abierto a otros,
para que la muerte de su ego que se convierte en “nosotros”, no se
convierta, simplemente, en el mundo cerrado de “dos personas
egocéntricas”.
En el consentimiento también se
expresa un ritmo de muerte y resurrección: mejor y peor, enfermedad
y salud, pobreza y riqueza (#45). El intercambio del consentimiento
hace mención de algunas de las maneras en que el misterio pascual
toca la vida de las parejas. Las metáforas de salud y prosperidad y
la pérdida de ellas, son sólo eso, metáforas del ritmo de nuestros
días; de trastos sucios y agendas de trabajo; de niños que alimentar
y autos que necesitan servicio; de los miles detalles de la vida,
grandes y pequeños, que constituyen el mantenimiento de esa promesa.
Esto sin decir nada de las crisis que se convierten en los retos más
grandes para mantener la promesa: los momentos de duelo y pérdida,
las enfermedades graves y los infortunios financieros.
¿Pero cómo es esto posible? El
mantenimiento de las promesas es la manera en la que el yo viejo se
transforma en algo liviano, generoso, bueno y para el otro. Una
pareja dijo: “Creo que encontramos mucho de nuestra identidad en el
misterio pascual, en la muerte y resurrección y en esa clase de
ritmo de vida. Por eso elegimos celebrar nuestro matrimonio en una
Eucaristía. Es ahí donde hemos encontrado nuestra más profunda
identidad'.
El cuidado y el apoyo del
uno hacia el otro, de los hijos e hijas, de sus padres, de sus
familiares y amigos, y de la comunidad de la Iglesia son vitales
para las parejas comprometidas y para las parejas casadas. Esto es
particularmente necesario para hacer posible que las parejas
comprometidas evalúen su disponibilidad y preparación para el
matrimonio y para apoyar y animar a las parejas casadas a que vivan
en la esperanza que les fue prometida en su unión. Este apoyo se
manifiesta al compartir experiencias, dones y sabiduría que nutren
los sueños y cristalizan la realidad del amor de la pareja.
La participación en el
compromiso de otorgar cuidado y apoyo a las parejas comprometidas y
casadas representa un gran reto para la Iglesia. Es, al mismo tiempo,
una oportunidad para construir relaciones, presentar de forma
sensible la visión que la Iglesia tiene del matrimonio, participar
en la celebración gozosa de las bodas y profundizar en el vínculo
permanente con las parejas a lo largo de su vida matrimonial.
Cada persona que esté casada,
considerando casarse, preparándose para el matrimonio, o luchando
por mantenerse casada, debería tener la motivación, el cuidado y el
apoyo de la comunidad de fe. Cada persona que forma parte del Cuerpo
de Cristo es una fuente de ello. Para lograr esto, la Iglesia local
ofrece dirección a través de estas Guías Pastorales para el
Matrimonio Cristiano.
El matrimonio es comunal, y
se necesita toda la “comunidad” para echarlo a andar. Es en la
comunidad donde un hombre y una mujer se elige mutuamente, es en la
comunidad donde viven su propósito de ser un sacramento, y es en la
comunidad, con la gracia de Dios, que ellos son sostenidos, animados
y protegidos.
Como Misterio Pascual y como
el “sacramento de mayor importancia de la vocación adulta”, el
matrimonio cristiano sirve a la pareja, a su familia y a la
comunidad entera. El propósito de este documento es no sólo el de
ayudar a enfrentar los retos para realzar, preservar y proteger el
matrimonio, sino también el de asir las magníficas oportunidades de
evangelizar al mundo a través del Sacramento del Matrimonio.
Este documento busca ser una herramienta pastoral para todos
aquellos que interactúan con el matrimonio, en sus diferentes etapas:
formación, preparación, celebración, y educación continua. Se espera
que este esfuerzo intencional ayude a la Iglesia a ser una bendición
para el matrimonio, y al matrimonio a ser una bendición para la
Iglesia.